Vida del Pulkero
 
 

 

 

 

 

 

 
 

Arriba

 

Un día en la vida del pulkero

   Quizá lo más duro de una expedición polar es simplemente sacar la nariz fuera del saco cada mañana y  pensar: ¡joder que frío hace aquí!. Esa toma de tierra en la dura realidad omnipresente se resuelve a veces con una frase como: “estamos a ártico o a que estamos pues”. Como el pulkero es generalmente de algún barrio cercano al centro de Bilbao, al final poco a poco, dejamos la crisálida para enfrentarnos con el excitante decorado de una tienda llena de escarcha, que amenaza con empaparnos a nosotros y a nuestros sacos. Ahora  vienen otras acciones heroicas como sacar los sacos de la tienda para que la humedad no les afecte , si no hay tormenta vendrá la surrealista  tarea  de dejar que la humedad se congele sobre ellos hasta poder cepillarla antes de plegarlos; traer nieve para fundir agua, cepillar la tienda y sacar la escarcha fuera, rescatar las pulkas y el material enterrado, hasta que se oye un gruñido familiar: todos adentro ¡Pero cepíllate la nieve...Cierra que se va el calor! (si es que ha estado dentro alguna vez).

    Según se entra a la tienda se oye otro rugido familiar... la cocina de gasolina, única fuente de calor aparte de nosotros, en esta nevera.  Pronto se crea un ambiente de cafetería un miércoles antes de entrar a currar, hasta se nos olvida lo que fuera nos espera. Alguien tiene que decir la poco deseada e inevitable frase: vamos recogiendo.  El mas vago (o el más listo) se suele quedar dentro llenado las últimas cantimploras y termos. Los galones de un pulkero se miden por el numero de m3 de nieve paleada y fundida, aunque al menos es un trabajo caliente. En el exterior hay que pelarse con las pulkas, los arneses, los esquís y desmontar la tienda, un hecho aparentemente absurdo por que habría sido mucho mejor idea quedarse aquí todo el día mareando la perdiz.

     Pero, en fin, aun estarían los polos por conquistar….

   Cuando el más lento ha vencido a la última cinta congelada, y se ha cerrado hasta la última cremallera, el sonido de los esquís deslizándose por el hielo nos pone en marcha. Poco a poco la velocidad asciende hasta alcanzar la media oficial. Con suerte, mucha suerte, si nada se estropea, el hielo esta en buenas condiciones y Eolo no se acuerda de soplar ese día, iremos avanzando progresivamente hasta el siguiente campamento. Aunque somos del mismo centro de Bilbao es necesario comer y beber cada hora y media, aunque solo lo hagamos por bajar el peso de las pulkas.

  Justo el tiempo que tarda la sopa en quedarse fría dentro de un termo y los dedos en echar de menos las manoplas, y antes de que alguien piense que hay que ponerse más ropa, volvemos a alcanzar la ingenua ilusión de que la pulka y los esquís son como un barco que navega sin nuestro esfuerzo por este mar helado, y nosotros simplemente vamos contemplando el paisaje.

     No tiene sentido avanzar si no se sabe hacia donde. De vez en cuando nuestro minúsculo androide pincha satélites (oséase el GPS) sale de su cómodo refugio, ligando con las baterías del Iridium, en el bolsillo interior de alguno, y curra un poco dándonos nuestra posición y cuanto hemos avanzado. Total, por mucho que corramos, sólo alcanzaremos la vertiginosa velocidad de 4km/h.

     Si ese día hay sol y la nieve empieza a anaranjearse, todo el mundo espera que el jefe de la manada saque la pala de la pulka y empiece a medir la cantidad de nieve que hay sobre el hielo. Eso, tarde o temprano, significa, acampamos. Esto es más o menos lo mismo que por la mañana, solo que ahora el trabajo conduce a entrar en un sitio caliente y no a salir de el. Comienza la fortificación, por si esta noche, sin previo aviso, le da por hacer tormenta. Una vez asegurado el último viento, y tapado el último resquicio por donde pueda entrar nieve, regresamos al calor del hogar donde hace un rato que ruge Cracatoa. Unos cuantos litros fundidos después, comienza la voraz operación comando contra el chorizo congelado, y demás frígidas delicatessen, que ponen a prueba la resistencia de nuestra dentadura, si no fuera por el apoyo de la cocina y el calor humano. De momento nos tenemos que conformar con un te caliente, para ganarse el puchero hay que superar la sesión de taller (porque siempre habrá algo roto...), o alguien con alguna herida que curar. Tras una sobremesa de unas horas amenizada con más y más fusión de nieve, toma de posición con el GPS (sin empapar los mapas), comprobar que el Iridium (el teléfono satélite) porque a lo mejor hoy toca comunicarnos con los de fuera, y (si todo esta seco) hasta osamos abrir el ordenador para escribir alguna crónica. Comentarios de la excitante y poco monótona jornada, viene el mejor momento del día, cena caliente y copa, el puro fue abolido por las protestas de los no fumadores y de la propia tienda.

    Aunque quisiéramos extender este momento para que al menos durara el tiempo que hemos estado tirando del arado, al final alguien suelta el fastidioso comentario de “a que hora tocan diana mañana”. Al día siguiente, los sufridos nómadas del viento volverán a repetir rutina, para poner de nuevo un punto de color y calor en el horizonte.

   Y al día siguiente, o al otro nuestros héroes seguirán alejándose tras una nube de polvo, blanco, hasta llegar a un sitio donde no haya mas nieve o alguien dijo que esas son las coordenadas de uno de los polos

 Marga Clemente y Jaime Barrallo

 

 

 

Subir